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Por Cristian Martínez

Venta de sepulturas

Entre el deber y los muertos

La muerte es un concepto que lleva a diversas interpretaciones y análisis. Ha sido fuente de inspiración para artistas, preocupación de científicos y teoría fundamental de religiones alrededor del mundo. Sin embargo, pareciera que cada vez la olvidamos más, al punto de excluirla de nuestra propia naturaleza, de lo que somos.

Existen personas que, en el día a día, tienen que enfrentar una especie de universo esquivo en la cotidianeidad de sus trabajos. Son aquellos que, por oficio, están ligados a eso que la mayoría de la gente sólo observa desde lejos, en una misa fúnebre, en la publicidad de un remedio o en una canción. Personas comunes y corrientes que en cada jornada toman las riendas de nuestro caballo y lo conducen silenciosamente por los caminos que todos evitamos mirar. Esa dimensión desconocida, que provoca las más diversas reacciones y las más hondas de las resignaciones: la muerte.

La vendedora de tumbas

Uno de esos seres extraños, que osa compartir su jornada con la muerte, es Mónica Vergara. Trabajaba en una empresa de ropa brasilera, antes de que una conocida le ofreciera el inusual empleo. Entonces tenía 35 años, catorce menos que ahora. Declara que nunca supo de qué se trataba la oferta. Lo único que le dijeron es que tenía que ver con 2 transacciones intangibles. Cuando llegó a las oficinas de Isacruz, en Vicuña Mackenna con Curicó, se entero de que el trabajo en cuestión era vender sepulturas, “pero en ese momento no me importó ni me impactó. Necesitaba resolver ciertos problemas en mi casa, distraerme y ganar también un poco de dinero”, señala.

No presentó currículo. Sólo le hicieron un curso de capacitación, centrado más que nada en aptitudes técnicas, como manejo de letras bancarias y contratos, habilidad matemática y manejo de conceptos económicos como planes de pago, créditos y cuotas en Unidad de Fomento (UF).

Mónica se fue acostumbrando de a poco a convertir el cadáver en un dato financiero. A medida que fueron pasando las semanas, ya era habitual para ella escuchar, en sus reuniones de trabajo, sobre las nuevas fosas en oferta, la reducción de cuerpos o de un sector con alguien enfermo y listo para requerir los servicios de Isacruz.

“Lo de la reducción es importante porque significa un gancho para los bolsillos de las familias”, cuenta Vergara y agrega que “tú puedes comprar una sepultura con cierto número de capacidades, pero meter más gente si lo deseas”.

El proceso se lleva a cabo cuando el cuerpo del fallecido lleva ya dos años en el cementerio o su estado de descomposición lo permite. Como la palabra lo dice, el cuerpo se reduce y se guardan sus huesos en un compartimiento más pequeño dentro del agujero que ha comprado la familia. El ataúd usado se bota, pero el espacio queda para enterrar a alguien más. “Al final, un sitio para tres te puede servir para siete”, comenta.

Golpear las puertas era lo más difícil de su oficio. En los ocho meses que alcanzó a estar en Isacruz, recuerda haber recibido todo tipo de tratos. “A veces podías estar el día entero tocando casa por casa, y nadie te abría. En todo caso, rara vez sucedía eso. La gente, en general, te decía por lo menos un no, gracias”, comenta.

Aunque su personalidad empática le permitía robarle a las personas un segundo de cortesía, la mayoría rechazaba su ofrecimiento con frases como: “no me hables para nada del mundo de eso”, “yo no quiero saber nada de muertos”, o “en esta familia somos todos sanos”.

Cuando la etapa del pavor inicial pasaba, algunos la invitaban a entrar para “ver de qué se trataba”. Ahí venían las entrevistas. Era la ocasión en que Vergara debía lucirse con el tacto y promocionar fosas como si estuviese vendiendo chocolates.

Cuenta Mónica que “si lograbas convencer a la persona, tenías que volver dos o tres veces más a su casa, para persuadir también a los parientes, hablar de las condiciones de pago y por último citarlos al cementerio”.

La cita era el último paso antes de firmar el contrato. No era un requisito obligatorio, pero la gente lo deseaba así, para ver por sí mismos qué es lo que estaban comprando.

Mónica dejó finalmente el trabajo, sin llegar a cumplir el año. Su experiencia, reconoce, terminó por estresarla y cambiarle el rumbo. Sin embargo, aclara que su decisión se basó más en el agobio de recorrer las calles, que en el hecho mismo de vender sepulturas. Lo demás, es sólo cuestión de negocios.