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Son
más de las siete de la tarde y el actor Víctor Montero,
que acaba de terminar su participación en la aplaudida obra
Cinema Paradiso, comienza con una actividad que se ha transformado
en parte de su rutina profesional: caminar por las calles del barrio
Brasil repartiendo afiches de promoción para su nueva obra
El Pelícano, una adaptación del dramaturgo
August Strindberg. Así se asegura de darse a conocer y crear
interés por el montaje, ya que al parecer no basta el nombre
de un reconocido dramaturgo, ni tampoco las buenas referencias que
recibió la compañía teatral por su trabajo
anterior, así como tampoco la promesa de una obra novedosa
para que el público llegue a la sala.
La
figura del artista dedicado sólo a la creación y expresión
es muy lejana para el medio chileno, en donde un actor dedicado
puede asemejarse a un maestro chasquilla. Si el arte es el reflejo
de la sociedad, la nuestra pareciera tener serios problemas para
su desarrollo, llena de intentos fallidos, éxitos pasajeros
y rápido olvido, sin considerar penurias económicas
y dureza para aguantar los fracasos. Porque bajo toda muestra cultura
difundida, conocida, publicitada y exitosa se encuentra un número
difícil de determinar de proyectos que deben lidiar contra
la falta de recursos y el escaso interés de apoyo y financiamiento.
Conscientes
de este problema, los últimos tres gobiernos de la Concertación
han difundido el papel fundamental de la cultura entre sus propuestas
electorales. Sin embargo, entre discurso y realidad media un sinnúmero
de esfuerzos caracterizados por la autogestión. Los recursos
entregados por el Fondo de Desarrollo para la Cultura y el Arte
(Fondart), evidencian la falta de aportes fiscales destinados al
ámbito de la cultura, aunque el monto destinado para este
fin se haya aumentado considerablemente en los últimos años,
lo que deja entrever, más que el aumento de las exposiciones,
obras o películas, la presencia de muchas expresiones que
quedan fuera del financiamiento y se condenan a sobrevivir como
puedan para ver la luz.
El
gobierno, a través de este fondo, destinó este año
más de 1600 millones entre 257 proyectos que postularon para
acceder a este aporte. Sin embargo, para la gran mayoría
de quienes postulan a una migaja de esta pequeña torta, los
recursos sólo sirven para montar un espectáculo, nadie
asegura su mantención en el tiempo.
Los
montos destinados el 2001 por el Ejecutivo son un 15% superiores
al del año anterior, lo que en cifras globales se aproxima
a los 300 millones de pesos extras.
En
relación a los puentes que ha tendido Fondart con el sector
privado, existen actualmente varios proyectos en carpeta, sin embargo,
sólo uno de ellos se ha puesto en marcha. La minera Escondida
está auspiciando la llegada del teatro, música y danza
gratis a comunas periféricas. Además, se está
buscando una fórmula para transmitir en el circuito de VTR,
material audiovisual financiado por Fondart, especialmente del que
se ha hecho en regiones.
Sin
embargo, el fondo favorece indudablemente a los montajes avalados
por figuras reconocidas y la experiencia de sus integrantes, muchas
veces se antepone el prestigio al talento, a la novedad y al riesgo.
En sí, el Fondart no se arriesga al destinar montos y finalmente
se pueden distinguir año tras año la reiteración
de los nombres y las áreas más beneficiadas.
Considerando
estos factores, es posible afirmar que cuando se habla de autogestión
en el ámbito de la cultura y especialmente en el teatro,
se está hablando de un problema que involucra no sólo
dinero sino también tiempo y entrega, ya que incluso los
mismos actores deben asumir un rol cada vez más protagónico
en sus obras, el de mecenas de su propio arte.
Cuando
la torta no alcanza para todos
Las
alternativas que restan no son muchas y se pueden resumir fundamentalmente
en dos: financiamiento privado proveniente de empresas y la tan
conocida autogestión.
En
el primer caso, los proyectos suelen ser financiados bajo la modalidad
de canje, es decir, aportan un porcentaje a cambio de funciones
privadas y menciones en publicidad, como es el caso de los patrocinios
entregados por grandes empresas como El Mercurio o CTC, que destinan
recursos, probablemente insignificantes para su presupuesto, fundamentales
para efectos del montaje de los proyectos.
Cuando
esta alternativa se ve frustrada por falta de interés o carencia
de contactos, los artistas suelen recurrir a la autogestión,
camino que resulta arduo a menos que se cuente con abundancia de
recursos propios por parte de los involucrados, realidad que no
es muy común en el ámbito chileno, salvo raras excepciones.
En
ambas modalidades y en la mayoría de los casos, el financiamiento
sólo alcanza para cubrir los costos del montaje de las obras,
entiéndase por esto sólo los gastos en vestuario,
escenografía e iluminación. Sin embargo, esa inversión
constituye sólo la primera parte del desembolso total, ya
que para la permanencia en cartelera es necesario contar con la
generación de recursos nuevos provenientes de la asistencia
de público: la taquilla. Lamentablemente, este concepto que
suele ser considerado como factor indicador del éxito de
las obras, no sólo está determinado por la calidad
del trabajo expuesto, sino también por la publicidad, factor
que debe ser igualmente financiado por los involucrados en los proyectos.
De
tal forma, no es difícil encontrar casos en que los resultados
arrojan débitos en vez de ganancias, y aún más
fácil y recurrente es escuchar testimonios en que las utilidades
generadas por estas precarias microempresas sólo alcanzan
para pagar los costos de las salas de teatro y algo parecido a un
salario mínimo.
Las
experiencias exitosas de autogestión no son muchas, pero
existen. Cineastas nacionales han visto cómo sus películas
obtienen amplios éxitos de taquilla y empiezan a circular
en el extranjero.
El
Chacotero Sentimental, de Cristián Galáz, es un
buen ejemplo. Con más de un millón de espectadores
en Chile, ahora busca ganarse un espacio en el duro mercado europeo
y sus productores negocian la posibilidad de comercializar el filme
por otras vías que facilitarán la exhibición
de esta exitosa película en países como Suiza, Bélgica,
Francia e Italia. Resultado: un muy buen negocio.
Otros
ejemplos, esta vez en teatro, son los trabajos del actor Tomás
Vidiella, Liliana Ross y el humorista Coco Legrand, quienes han
montado espectáculos con un gran éxito de taquilla
y una fuerte inversión de privados, incluida la televisión.
¿Dónde
está la clave para convertir una realización artística
en un producto rentable? Para la productora de eventos artísticos
y gestora cultural Claudia Reyes, "la clave está en hacer
una amalgama entre la producción y la promoción".
Para ella, los recientes ejemplos exitosos en el séptimo
arte en Chile se deben a que "se han hecho muy buenas producciones
y se ha educado al público". La gestora cultural dijo a The
Moroso que los realizadores "han actuado inteligentemente para
no saturar el mercado". Esto significa –agrega- que "se han aplazado
estrenos y se ha motivado al público con atractivas campañas".
En
relación a los aportes estatales en la producción
artística, Claudia Reyes opina que "son sólo un impulso
para el montaje, en el caso del teatro, por lo que el éxito
comercial responde a otros factores relacionados con la producción
misma".
"La
mayor parte de las producciones artísticas en Chile no son
rentables desde el punto de vista económico. Por diversos
factores, sobre todo en la danza y en otras expresiones menos populares,
los artistas ganan lo mismo que gana un copero, es decir, 120 mil
pesos al mes", concluyó.
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