MICROEMPRESA
Vega, ponte bella
Tras la utopía de "vivir del arte"
Autogestión cultural:
Tras la utopía de "vivir del arte"
Innumerables proyectos deben lidiar contra la falta de recursos y el escaso interés. En nuestro país, sólo algunos afortunados conocen la rentabilidad del arte. A la gran mayoría, apenas le alcanza para subsistir.

por Francisco Maulme, Daniel García,
Maximiliano Valdés
y Wilma Vallejos

Son más de las siete de la tarde y el actor Víctor Montero, que acaba de terminar su participación en la aplaudida obra Cinema Paradiso, comienza con una actividad que se ha transformado en parte de su rutina profesional: caminar por las calles del barrio Brasil repartiendo afiches de promoción para su nueva obra El Pelícano, una adaptación del dramaturgo August Strindberg. Así se asegura de darse a conocer y crear interés por el montaje, ya que al parecer no basta el nombre de un reconocido dramaturgo, ni tampoco las buenas referencias que recibió la compañía teatral por su trabajo anterior, así como tampoco la promesa de una obra novedosa para que el público llegue a la sala.

La figura del artista dedicado sólo a la creación y expresión es muy lejana para el medio chileno, en donde un actor dedicado puede asemejarse a un maestro chasquilla. Si el arte es el reflejo de la sociedad, la nuestra pareciera tener serios problemas para su desarrollo, llena de intentos fallidos, éxitos pasajeros y rápido olvido, sin considerar penurias económicas y dureza para aguantar los fracasos. Porque bajo toda muestra cultura difundida, conocida, publicitada y exitosa se encuentra un número difícil de determinar de proyectos que deben lidiar contra la falta de recursos y el escaso interés de apoyo y financiamiento.

Conscientes de este problema, los últimos tres gobiernos de la Concertación han difundido el papel fundamental de la cultura entre sus propuestas electorales. Sin embargo, entre discurso y realidad media un sinnúmero de esfuerzos caracterizados por la autogestión. Los recursos entregados por el Fondo de Desarrollo para la Cultura y el Arte (Fondart), evidencian la falta de aportes fiscales destinados al ámbito de la cultura, aunque el monto destinado para este fin se haya aumentado considerablemente en los últimos años, lo que deja entrever, más que el aumento de las exposiciones, obras o películas, la presencia de muchas expresiones que quedan fuera del financiamiento y se condenan a sobrevivir como puedan para ver la luz.

El gobierno, a través de este fondo, destinó este año más de 1600 millones entre 257 proyectos que postularon para acceder a este aporte. Sin embargo, para la gran mayoría de quienes postulan a una migaja de esta pequeña torta, los recursos sólo sirven para montar un espectáculo, nadie asegura su mantención en el tiempo.

Los montos destinados el 2001 por el Ejecutivo son un 15% superiores al del año anterior, lo que en cifras globales se aproxima a los 300 millones de pesos extras.

En relación a los puentes que ha tendido Fondart con el sector privado, existen actualmente varios proyectos en carpeta, sin embargo, sólo uno de ellos se ha puesto en marcha. La minera Escondida está auspiciando la llegada del teatro, música y danza gratis a comunas periféricas. Además, se está buscando una fórmula para transmitir en el circuito de VTR, material audiovisual financiado por Fondart, especialmente del que se ha hecho en regiones.

Sin embargo, el fondo favorece indudablemente a los montajes avalados por figuras reconocidas y la experiencia de sus integrantes, muchas veces se antepone el prestigio al talento, a la novedad y al riesgo. En sí, el Fondart no se arriesga al destinar montos y finalmente se pueden distinguir año tras año la reiteración de los nombres y las áreas más beneficiadas.

Considerando estos factores, es posible afirmar que cuando se habla de autogestión en el ámbito de la cultura y especialmente en el teatro, se está hablando de un problema que involucra no sólo dinero sino también tiempo y entrega, ya que incluso los mismos actores deben asumir un rol cada vez más protagónico en sus obras, el de mecenas de su propio arte.

Cuando la torta no alcanza para todos

Las alternativas que restan no son muchas y se pueden resumir fundamentalmente en dos: financiamiento privado proveniente de empresas y la tan conocida autogestión.

En el primer caso, los proyectos suelen ser financiados bajo la modalidad de canje, es decir, aportan un porcentaje a cambio de funciones privadas y menciones en publicidad, como es el caso de los patrocinios entregados por grandes empresas como El Mercurio o CTC, que destinan recursos, probablemente insignificantes para su presupuesto, fundamentales para efectos del montaje de los proyectos.

Cuando esta alternativa se ve frustrada por falta de interés o carencia de contactos, los artistas suelen recurrir a la autogestión, camino que resulta arduo a menos que se cuente con abundancia de recursos propios por parte de los involucrados, realidad que no es muy común en el ámbito chileno, salvo raras excepciones.

En ambas modalidades y en la mayoría de los casos, el financiamiento sólo alcanza para cubrir los costos del montaje de las obras, entiéndase por esto sólo los gastos en vestuario, escenografía e iluminación. Sin embargo, esa inversión constituye sólo la primera parte del desembolso total, ya que para la permanencia en cartelera es necesario contar con la generación de recursos nuevos provenientes de la asistencia de público: la taquilla. Lamentablemente, este concepto que suele ser considerado como factor indicador del éxito de las obras, no sólo está determinado por la calidad del trabajo expuesto, sino también por la publicidad, factor que debe ser igualmente financiado por los involucrados en los proyectos.

De tal forma, no es difícil encontrar casos en que los resultados arrojan débitos en vez de ganancias, y aún más fácil y recurrente es escuchar testimonios en que las utilidades generadas por estas precarias microempresas sólo alcanzan para pagar los costos de las salas de teatro y algo parecido a un salario mínimo.

Las experiencias exitosas de autogestión no son muchas, pero existen. Cineastas nacionales han visto cómo sus películas obtienen amplios éxitos de taquilla y empiezan a circular en el extranjero.

El Chacotero Sentimental, de Cristián Galáz, es un buen ejemplo. Con más de un millón de espectadores en Chile, ahora busca ganarse un espacio en el duro mercado europeo y sus productores negocian la posibilidad de comercializar el filme por otras vías que facilitarán la exhibición de esta exitosa película en países como Suiza, Bélgica, Francia e Italia. Resultado: un muy buen negocio.

Otros ejemplos, esta vez en teatro, son los trabajos del actor Tomás Vidiella, Liliana Ross y el humorista Coco Legrand, quienes han montado espectáculos con un gran éxito de taquilla y una fuerte inversión de privados, incluida la televisión.

¿Dónde está la clave para convertir una realización artística en un producto rentable? Para la productora de eventos artísticos y gestora cultural Claudia Reyes, "la clave está en hacer una amalgama entre la producción y la promoción". Para ella, los recientes ejemplos exitosos en el séptimo arte en Chile se deben a que "se han hecho muy buenas producciones y se ha educado al público". La gestora cultural dijo a The Moroso que los realizadores "han actuado inteligentemente para no saturar el mercado". Esto significa –agrega- que "se han aplazado estrenos y se ha motivado al público con atractivas campañas".

En relación a los aportes estatales en la producción artística, Claudia Reyes opina que "son sólo un impulso para el montaje, en el caso del teatro, por lo que el éxito comercial responde a otros factores relacionados con la producción misma".

"La mayor parte de las producciones artísticas en Chile no son rentables desde el punto de vista económico. Por diversos factores, sobre todo en la danza y en otras expresiones menos populares, los artistas ganan lo mismo que gana un copero, es decir, 120 mil pesos al mes", concluyó.