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Salario mínimo:
Cuando no alcanza para vivir
ni para soñar....
Como en las
mejores novelas de ficción, las políticas públicas
de superación de la pobreza se estrellan muchas veces con
una realidad cada vez menos imaginable.
Según
datos entregados por la Fundación Terram, el salario mínimo
sólo cubre un tercio de las necesidades de un núcleo
familiar de cuatro personas, lo cual conduce a un mayor grado de
endeudamiento para poder subsistir.
Por
María Carolina Pérez y Raúl Rodríguez
Debido
a la estrechez, todos los utensilios del hogar están abarrotados
sin mediar en consideraciones estilísticas o de decoración.
La construcción de madera, que alberga a la familia Cerón
Reyes, apenas da cabida para una breve entrada y luego un sencillo
comedor junto a la cocina y el lavaplatos. Dos piezas completan
el panorama, excluyendo al baño, pues éste se encuentra
fuera de las cuatro paredes.
No existen ventanas,
lo que hace más triste y lúgubre la permanencia de
tres adultos y dos niños en la casa levantada hace tres años
en la populosa comuna de La Florida.
Sorteando
riesgos
Sentados a la
mesa están la señora Nancy y su hijo Ramón
con un plato de torta y un vaso de bebida a medio servir. Su esposo
Patricio aún no llega de su trabajo de copero en el café
Paula; tampoco Juan del transporte de gas. Mientras, el más
pequeño, Rodrigo, duerme en una de las habitaciones.
Provenientes
de Rengo decidieron, en una de sus visitas a Santiago, radicarse
en la capital con la ilusión de una vida mejor, como tantas
familias de provincia. Y no han tenido mala suerte, pues a pesar
de que el jefe de hogar gana 30 mil pesos semanales en el antiguo
salón de té del centro, y ella aporta con algún
dinero extra por labores domésticas, nunca les ha faltado
para comer, declara Nancy. Lo único malo es que "nos
tenemos que dar vuelta toda la semana con eso, por lo que muchas
veces debemos apretarnos el cinturón hasta el próximo
pago. Eso nos limita", afirma.
Pero justamente
ello es lo que los ha motivado a organizarse con las cuentas. Él
paga el arriendo, que bordea los 60 mil pesos, y ella cancela agua,
luz y gas. Así se evitan problemas y discusiones familiares
por dinero.
Quien sí
se sacrificó fue Ramón, pues dejó el colegio
hace 2 años cuando cursaba octavo básico. "Lo
hice porque cuando les pedía plata a mis padres, ellos no
tenían para darme. Eso me aburrió, y les dije: me
dan dinero o me retiro. Hace lo que querai, me respondieron. Y lo
dejé. Aparte no salí bueno para el estudio, así
que me puse a trabajar con mi hermano los fines de semana repartiendo
gas", señala Ramón, quien ahora tiene 15 años
de edad.
Cuando la
Realidad Supera a la Política
La pobreza,
muchas veces, va acompañada de deserción escolar,
señaló la ministra de Educación, Mariana Aylwin,
luego del anuncio del Presidente Ricardo Lagos, el 26 de agosto
de 2002, de subir la escolaridad obligatoria de ocho a doce años.
Esto significa que el Estado subvencionará a cada colegio
por alumno matriculado en riesgo social o que se encuentre en condición
de pobreza.
Pero
más allá de esta buena noticia, que repercute a la
larga en una mejor inserción social y laboral de los jóvenes
del país, y le da mayores posibilidades a Ramón y
Rodrigo de terminar su escolaridad, las expectativas de muchas familias,
que viven hacinadas y al límite con el sueldo mínimo,
se ven truncadas, ya sea por la ineficacia de las políticas
de Estado, el alto desempleo o la carestía de la vida en
nuestro país. Este es el caso de la familia Cerón
Reyes, o de muchas otras que deben postergar educación y
entretención, por mencionar algunos aspectos, para enfrentarse
con el día a día de la subsistencia social.
Para encarar
esta situación, el gobierno baraja la posibilidad de crear
un bono para premiar a los jóvenes de bajos recursos que
continúen sus estudios, con el fin de aplazar su inserción
en el mundo laboral. Esto, debido a que cada día es más
difícil acceder a un trabajo sin tener educación media
completa, por lo que la oferta para ese sector no escolarizado disminuye
ostensiblemente.
En la práctica,
para esta familia una buena educación puede significar un
mejor futuro, pero dada sus condiciones actuales no es fácil
jugar con probabilidades, porque incluso estudiar en la universidad,
con beca total, implica un gasto extra en locomoción y materiales.
La Vida con
el Mínimo
El sueldo base
actualmente es de 105 mil pesos. La CUT ha hecho una serie de esfuerzos
por subir esta cifra a 138 mil 600 pesos, incluyendo dos bonos adicionales
para locomoción y escolaridad. Sin embargo, el ministro de
Hacienda, Nicolás Eyzaguirre, sólo ofrece 5 mil pesos
más.
Arturo Martínez
afirmó en su discurso del 1 de mayo de 2002 que "ya
es tiempo de olvidar el Índice de Precios al Consumidor (IPC)
a la hora de determinar el salario de los trabajadores. Para algunos
no hay gran diferencia, 30 mil pesos más o menos, pero para
una familia que vive con el mínimo es mucha".
En efecto, según
el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) la canasta básica
de alimentos y servicios tienen un costo de alrededor de 40 mil
pesos por persona al mes. Haciendo el cálculo una familia
de 4 integrantes necesita por lo menos 120 mil pesos para suplir
esas necesidades, no obstante, la ley dice otra cosa, pues el sueldo
se regula de acuerdo al IPC, encontrándonos otra vez con
que la realidad supera cualquier intento predictivo o de medición.
De esta forma, dueñas de casa, como Nancy, deben estirar
los billetes a la hora de decidir el menú de la semana, ya
que cualquier gasto extra puede significar a la postre un almuerzo
menos que ofrecer.
De acuerdo a
la CUT, la realidad de estas más de 700 mil familias es difícil
de imaginar, porque un estudiante común necesita por lo menos
1.200 pesos a la semana para locomoción, es decir casi 5
mil pesos al mes. Además de plata para el almuerzo y alguna
salida el fin de semana, sin hablar de la ropa, televisión,
teléfono e Internet.
Para graficar esta situación basta decir que hasta un chicle
puede alterar la distribución del presupuesto, y lamentablemente
son los niños los que más sufren por no poder satisfacer
sus deseos, convirtiéndose los juguetes y la "Cajita
Feliz" e n bienes inalcanzables para quienes viven con el ingreso
mínimo.
Así lo
demuestra un estudio de la fundación Terram, realizado por
Marcel Claude, en junio del presente año, titulado Determinación
del Nuevo Umbral de la Pobreza para Chile: una aproximación
desde la sustentabilidad, en el que afirma que el Umbral de Satisfacción
Mínimo para un hogar de dos adultos y dos niños es
de 125 mil pesos per capita. Cifra que contempla las necesidades
de una persona en la actualidad, desde alimentos y vestuario hasta
recreación, pasando por salud, perfumería, transporte,
limpieza, vivienda y energía.
Por ejemplo,
para el grupo de Alimentación, se consideró la Canasta
Básica de Alimentos determinada por la CEPAL ( Comisión
Económica para América Latina y el Caribe), la cual
considera el consumo de energía promedio de una persona,
equivalente a 2.176 Kcal/día, que son distribuidas en un
total de 53 productos alimenticios, lo que tiene un costo de 30
mil pesos mensuales por persona.
De acuerdo a
estos datos, el sueldo mínimo actual ni siquiera alcanzaría
para una persona -pues lo anterior sólo registra un ítem
de necesidad- por lo que las personas de bajos recursos deben renunciar
a varios servicios adicionales a la hora de distribuir el salario.
La diversión queda automáticamente fuera y el vestuario
tendrá que cuidarse; habrá que medirse a la hora de
hablar por teléfono y bañarse incluso en algunas ocasiones
hasta con agua fría.
Metas Estrelladas
Esto
lleva a explicar el alto índice de deudores que existe en
el país. Se calcula que las familias chilenas poseen en promedio
tres tarjetas de tiendas comerciales, en las que mantienen deudas
superiores a 300 mil pesos. Esta cifra sobrepasa el nivel actual
de ingresos, ya que mensualmente deben cancelar en muchos casos
tres veces su sueldo, lo que los obliga a repactar sus deudas.
Si a esto se
suma la lista de fiados que se mantienen en los almacenes de barrio,
se completa un círculo vicioso, puesto que al recibir el
salario se debe cumplir con los compromisos pactados, quedando muy
poco o nada para ahorrar.
De esta forma,
el gran sueño de la casa propia se esfuma cada mes entre
las manos de los más pobres. Ramón anhela un hogar
distinto, pero no de madera, para que no se junte el barro a la
entrada y deje inservible el piso; mientras la señora Nancy,
quien apoya su codo en la mesa y su mano en el rostro, se pierde
con su mirada vidriosa en la ventana imaginaria de sus deseos. En
esa ventana que aún no tiene, y que le impide observar con
esperanza las atesoradas expectativas y la mejor calidad de vida
que tanto desea para su numerosa familia.
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